Andres Aldao
Israel
Iman en el cuarto cerrado
El sol se esfuerza por tajear las nubes negras que avanzan en silencio. Aparece en el cercano horizonte una chica que camina con su cartera. Cauta, el temor asoma en las pupilas donde refulgen, a corta distancia, los cascos de los soldados. Vigilan su marcha, cada vez más lenta, temerosa. Tiembla... «Erré el camino oy oy», piensa y repite: «oy oy erré el camino». Acorta los pasos, pero sigue... y sigue... «Y si me muero, ¿adónde iré...? », se pregunta... «¿Duele la muerte...?». Y la imagina como un cuarto cerrado, sin luz ni ventanas, donde no hay ruidos ni voces ni sirenas ni disparos ni gritos por altavoces. Sólo oscuridad y silencio.
Los soldados se turnan; de tanto en tanto conversan, fuman, pero siempre hay alguno de guardia. Uno de ellos vigila con los prismáticos El entorno es una planicie yerma, casas derruidas, desolación, senderos de la nada. Escucha los diálogos de los compañeros y se encierra en si mismo. A lo lejos ve un bulto que, despreocupado, camina hacia ellos,... “Es una nena... 12 ó 13 años... qué desgracia vivir en esta destrucción... Qué enorme desgracia”, piensa el soldado sin moverse.
Las nubes negras cubren los rayos del sol; ella ya no ve la sombra − su sombra −, y apenas si mueve los pies. Aunque avanza. y nadie le pregunta: “¿hacia adónde, Iman, hacia adónde...?”.
−Oficial, un bulto viene hacia nosotros...creo que es una chica...sí...lleva una cartera...va a la escuela.
−En esta zona no hay escuelas... a ver, dame los prismáticos... sí, viene con una cartera... debe traer explosivos: hay que disparar, rápido...
−Pero es una nena, oficial − le dice el soldado de guardia. “¿Para qué abrí la boca? ¿porqué no me hice el tonto? ella hubiese pasado... ¿y ahora?...es capaz de matarla, mi Dios...”. Comienza a rezar una plegaria, en silencio. Un silencio de plomo.
«Qué puedo hacer, ma, tengo miedo, ma... qué estará haciendo Jaled... ayer pasó frente a casa, el tonto, tan grande y siempre se avergüenza de mirar hacia nuestra casa... porqué me miran, ¡dios!! oy oy oy equivoqué el camino... y ellos me miran sé que me miran a través del ojo de los fusiles...tendría que escaparme pero ¿y si me matan...? ma tengo que correr pero no, sigo, no llevo nada malo si me paran van a ver que soy una chica que va a la escuela...qué feas nubes...por qué tan oscuras tan negras y veo que los soldados me miran y mueven los fusiles y el miedo no me deja pensar pero soy sólo una chica que va a la escuela soy una pobre chica que no hace nada malo...sólo voy a la escuela...ma por favor me miran con el ojo de los fusiles estoy tiritando y si doy la vuelta van a tirame por la espalda y yo no hice nada sólo tengo a mi amigo Jaled que es grande y apocado y a ma y a mis hermanos... por dios que soy sólo una chica cualquiera que va a la escuela... y que tengo miedo... y que fría la mañana y....».
Suenan estampidos. De improviso. A modo de marcha fúnebre en la quietud del páramo. “Señor de los cielos, ¿qué nos pasa? nos estamos convirtiendo en la sombra pálida de un ser humano...este oficial siempre sonríe, incluso cuando mata...la vida de esta gente no le significa nada...y nosotros callamos, lo dejamos hacer...y yo soy un cobarde, un cómplice de todo lo que ocurre, de la muerte de gente inocente, de las irrupciones nocturnas a sus casas, de los maltratos a los padres, de los chicos horrorizados, destrucción de sus bienes, así, por nada...actitudes sádicas, violencia, y yo en el medio, mudo, sin abrir la boca, sin oponerme, o protestar... esta vez fue demasiado lejos... una chica de 12 ó 13 años que no hacía mal a nadie...¿por qué la mató, Señor?... y cuando vienen los comandantes no digo nada... no abro la boca, asiento con la cabeza, un silencio que me llena de vergüenza...y el Señor se preguntará quién soy... ¡sí, soy un falsario que deshonro mi fe...!”.
Los disparos vulneran el silencio de la Franja. Ensangrentada, licuada por los proyectiles, los ojos muertos tiritando de miedo, hecha un atadito de sangre, insignificante, quietita, Iman ya no tiene miedo. Y el oficial, celoso de la faena, se aproxima algo altanero y dispara los tiros de gracia. Poderosos e imbatibles, los soldados han derrotado al enemigo.
El silencio cobra vuela y el viento remonta una mansa bruma arenosa. Los soldados están callados... “Voy a acercarme a ver qué le pasó”, anuncia el oficial. “Esperen aquí y cúbranme”. Abandona el puesto con el fusil automático pronto, va caminando indiferente. Observa los alrededores, nada a la vista. Se acerca. No quita los ojos del bulto inmóvil. Está a pocos pasos. Todo desolado. Ya al lado, contempla el cuerpo, luego lo patea. Saca la pistola y vacía el cargador. El tiro de gracia. El guiñapo se revuelve en el charco de sangre. Los soldados observan desde el puesto, detrás de las bolsas de arena. Con la misma desidia pega media vuelta y regresa. Deber cumplido.
Iman ahora no tiene miedo, no tiembla, no solloza, no piensa. La chica menudita de trece años, de piel algo oscura, ya no es una amenaza. Descansa en el cuarto cerrado. Quietita. Callada. Solo oscuridad. Silencio.
El soldado de los prismáticos siente que algo se ha quebrado dentro suyo. Cierra los ojos y reza una plegaria. Horas más tarde, despojado de su cobardía, acusa al oficial por el crimen, y a los soldados y sí mismo por complicidad.
Historias de guerra, escribirán los diarios.
© Andrés Aldao, I, 2005
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